Iquique glorioso

Primera impresión de Iquique: un cierto parecido con Viña. Algo sesgada por mi ingreso a la ciudad por la costanera. Luego vi que es una ciudad bien heterogénea, con barrios bien distintos entre sí.

Dentro de los menos “agradables a la vista” se encuentra la ZOFRI, laberinto interminable de tiendas de perfumes, dulces y electrónicos. Las golosinas y el alcohol los encontré baratos, los perfumes tenían un descuento decente y los electrónicos y la ropa, igual de caros. Definitivamente tenía expectativas algo altas para la Zona Franca, pero al menos ya me saqué las ganas de conocerla.

Lo que menos disfruté de Iquique fue su sistema de transporte. Lo más popular es tomar colectivos, pero imposible saber a dónde se dirigen, porque no llevan el usual cartel que lo indica, así que para llegar a la ZOFRI tuve que preguntar a unos diez vehículos distintos si iban para ese lado, hasta que al fin obtuve respuesta positiva. A la vuelta no me quedó otra que tomar un taxi ante la misma situación, los cuales a final de cuentas son iguales a los colectivos… Demasiado confuso, al menos para los que no son locales.

Por la misma razón, cuando me dediqué a recorrer la ciudad el último día de mi visita, preferí caminar, por el Paseo Baquedano, uno de los lugares que más me gustó de Iquique, con sus veredas de madera que me daban la sensación de estar sobre un barco, y sus construcciones de colores, contrastados con la blanca Plaza Prat, que da inicio al paseo y aloja el Teatro Municipal, una glorieta y varios restaurantes y cafés.

Llegué hasta la Playa Cavancha, que nada tiene que envidiarle a Reñaca, y luego me devolví por la costa para visitar el Museo Corbeta Esmeralda, una exacta representación de este buque en escala 1:1, incluyendo hasta las vestimentas de los tripulantes y sus utensilios, y que ofrece además un tour que cuenta desde el funcionamiento de los cañones con animaciones explicativas, hasta la historia que protagoniza la Esmeralda, contada con bastante emoción por parte del guía.

Y ya que no alcancé a probar la cocina aymara antes de partir, mínimo despedirme de Iquique con un último jugo de mango…

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